ARDIENTE PACIENCIA PABLO NERUDA PDF

En la isla vive Mario Ruoppolo, que no quiere ser un pescador como su padre. Quieren casarse; van al cura del pueblo. Se va de italia. Posteriormente, recibe una carta suya aunque es de su secretaria, que le pide que le facture las pertenencias de Neruda a Chile. Los personajes Mario Ruoppolo: El cartero. Le ilusionan los lugares lejanos y el cine, porque le transporta a lo desconocido.

Author:Shaktijora Moogudal
Country:Antigua & Barbuda
Language:English (Spanish)
Genre:Personal Growth
Published (Last):24 October 2010
Pages:47
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Mi discurso serб una larga travesнa, un viaje mнo por regiones lejanas y antнpodas, no por eso manos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi paнs.

Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros lнmites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografнa de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta. Por allн, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sн mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi paнs con Argentina.

Grandes bosques cubren como un tъnel las regiones inaccesibles, y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptбbamos tan sуlo los signos mбs dйbiles de la orientaciуn. No habнa huellas, no existнan senderos y con mis cuatro compaсeros a caballo buscбbamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstбculos de poderosos бrboles, imposibles rнos, roquerнos inmensos, desoladas nieves, adivinando mбs bien- el derrotero de mi propia libertad.

Los que me acompaсaban conocнan la orientaciуn, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse mбs seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquн y allб las cortezas de los grandes бrboles dejando huellas que los guiarнan en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.

Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin mбrgenes, en aquel silencio verde y blanco, los бrboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de aсos, los troncos semiderribados que de pronto eran una barrera mбs en nuestra marcha. Todo era una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frнo, nieve, persecuciуn. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misiуn. A veces seguнamos una huella delgadнsima, dejada quizбs por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorбbamos si muchos de ellos habнan perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplй en aquella salvaje desolaciуn, algo como una construcciуn humana. Eran trozos de ramas acumulados que habнan soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos tъmulos de madera para recordar a los caнdos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allн para siempre debajo de las nieves. Tambiйn mis compaсeros cortaron con sus machetes la ramas que nos tocaban las cabezas y que descendнan sobre nosotros desde la altura de las conнferas inmensas, desde los robles cuyo ъltimo follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno.

Y tambiйn yo fui dejando en cada tъmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Tenнamos que cruzar un rнo. Esas pequeсas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energнa y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado.

Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencй a mecerme sin sostйn, mis piernas se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Asн cruzamos. Creн que habнa llegado mi ъltima hora -dije.

No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un tъnel natural que tal vez abriу en las rocas imponentes un caudaloso rнo perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos.

A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: mбs de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, esplйndido, el difнcil camino. Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Sъbitamente, como singular visiуn, llegamos a una pequeсa y esmerada pradera acurrucada en regazo de las montaсas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rнos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningъn follaje.

Allн nos detuvimos como dentro de un cнrculo mбgico, como huйspedes de un recinto sagrado, y mayor condiciуn de sagrada tuvo aъn la ceremonia en la que participй.

Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compaсeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me unн a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarнan pan y auxilio en las уrbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia.

Mis rъsticos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraсa danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allн cruzaron antes. Comprendн entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compaсeros, que existнa una comunicaciуn de desconocido a desconocido, que habнa una solicitud, una peticiуn y una respuesta aun en las mбs lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Mбs lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarнan por muchos aсos de mi patria, llegamos de noche a las ъltimas gargantas de las montaсas.

Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitaciуn humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacнos.

Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitaciуn, cuerpos de бrboles gigantes que allн ardнan de dнa y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas.

Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacнan algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canciуn que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos traнa la primera voz humana que habнamos topado en el camino.

Era una canciуn de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde venнamos, hacia la infinita extensiуn de la vida.

Ellos ignoraban quienes йramos, ellos nada sabнan del fugitivo, ellos no conocнan mi poesнa ni mi nombre. El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A travйs de ellos pasaba una corriente termal, agua volcбnica donde nos sumergimos, calor que se desprendнa de las cordilleras y nos acogiу en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavбndonos, limpiбndonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los ъltimos kilуmetros de jornada que me separarнan de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar lo recuerdo vivamente a los montaсeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos saliу al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademбn.

Nos habнan servido y nada mбs. Y en ese "nada mбs", en ese silencioso nada mбs habнa muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueсos.

Seсoras y Seсores: Yo no aprendн en los libros ninguna receta para la composiciуn de un poema: y no dejarй impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mн alguna gota de supuesta sabidurнa. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasiуn y en este sitio tan diferente a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveraciуn necesaria, la fуrmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mн mismo.

En aquella larga jornada encontrй las dosis necesarias a la formaciуn del poema. Allн me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesнa es una acciуn pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acciуn, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelaciуn de la naturaleza.

Y pienso con no menor fe que todo estб sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesнa- en una comunidad cada vez mбs extensa, en un ejercicio que integrarб para siempre en nosotros la realidad y los sueсos, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sй, despuйs de tantos aсos, si aquellas lecciones que recibн al cruzar un rнo vertiginoso, al bailar alrededor del crбneo de una vaca, al baсar mi piel en el agua purificadora de las mбs altas regiones, digo que no sй si aquello salнa de mн mismo para comunicarse despuйs con muchos otros seres, o era el mensaje que los demбs hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento.

No sй si aquello lo vivн o lo escribн, no sй si fueron verdad o poesнa, transiciуn o eternidad, los versos que experimentй en aquel momento, las experiencias que cantй mбs tarde. De todo ello, amigos, surge una enseсanza que el poeta debe aprender de los demбs hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicaciуn de lo que somos.

Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicaciуn y el silencio para llegar al recinto mбgico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolнa; mas en esa danza o en esa canciуn estбn consumados los mбs antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en su destino comъn. En verdad, si bien alguna o mucha gente me considerу un sectario, sin posible participaciуn en la mesa comъn de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta.

Despuйs de todo, ningъn poeta administrу la poesнa, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensу que podrнa gastarse la vida defendiйndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicciуn es que sуlo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesнa no estбn entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahн que ningъn poeta tenga mбs enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los mбs ignorados y explotados de sus contemporбneos; y esto rige para todas las йpocas y para todas las tierras.

El poeta no es un "pequeсo dios". No, no es un "pequeсo dios". No estб signado por un destino cabalнstico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresй que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada dнa: el panadero mбs prуximo, que no se cree dios. El cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada dнa, con una obligaciуn comunitaria.

Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrб tambiйn la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanнa, de una construcciуn simple o complicada, que es la construcciуn de la sociedad, la transformaciуn de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercaderнa: pan, verdad, vino, sueсos. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su raciуn de compromiso, su dedicaciуn y su ternura al trabajo comъn de cada dнa y de todos los hombres, el poeta tomarб parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueсo de la humanidad entera.

Sуlo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesнa al anchuroso espacio que le van recortando en cada йpoca, que le vamos recortando en cada йpoca nosotros mismos. Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendн nunca- orientar, dirigir, enseсar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura.

Pero sн me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificaciуn. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen mбs tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformaciуn, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitaciуn tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer.

Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta mбs pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplбbamos como arte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible o de lo comprensible para unos pocos , el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de una tembladera de hojas, de barro, de nubes, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicaciуn opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensiуn americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligaciуn de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicaciуn crнtica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores- sentimos tambiйn el compromiso de recobrar los antiguos sueсos que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de rнos que cantan como truenos.

Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriagaba esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez esa sea la razуn determinante de mi humilde caso individual; y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retуrica, no vendrнan a ser sino actos, los mбs simples, del menester americano de cada dнa. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendiу ser un instrumento ъtil de trabajo: cada uno de mis cantos aspirу a servir en el espacio como signos de reuniуn donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendrбn, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus ъltimas consecuencias, decidн que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debнa ser tambiйn humildemente partidaria.

Lo decidн viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendн, metido en el escenario de las luchas de Amйrica, que mi misiуn humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma; con pasiуn y esperanza, porque sуlo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos.

Y aunque mi posiciуn levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles paнses, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aъn no han aprendido a leernos ni a leer, que todavнa no saben escribir ni escribirnos se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los mбs edйnicos, los mбs puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante, pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las йpocas terribles del colonialismo que aъn existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias. En todo hombre se juntan las йpocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Hay que mirar el mapa de Amйrica, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cуsmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogн el difнcil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoraciуn hacia el individuo como sol central del sistema, preferн entregar con humildad mi servicio a un considerable ejйrcito que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada dнa enfrentбndose tanto a los anacrуnicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes.

Porque creo que mis deberes de poeta no sуlo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetrнa, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino tambiйn con las бsperas tareas humanas que incorporй a mi poesнa. Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las esplйndidas ciudades. Yo creo en esa profecнa de Rimbaud, el vidente.

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Pablo Neruda

The novel was published in the English market under the title The Postman. The novel is based on the motion picture of the same author released in , [1] and it was turned into another movie in as Il Postino , directed by Michael Radford. Synopsis[ edit ] The story opens in June, in the little village of Isla Negra , on the coast of Chile. Despite the entire village being illiterate, he does have one local to deliver to—the poet, Pablo Neruda, who is living in exile. Mario worships Neruda as a hero and buys a volume of his poetry, timidly waiting for the moment to have it autographed. After some time, Mario garners enough courage to strike up a conversation with Neruda, who is waiting for word about his candidacy for the Nobel Prize for literature , and despite an awkward beginning, the two become good friends.

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Ardiente paciencia

Mi discurso serб una larga travesнa, un viaje mнo por regiones lejanas y antнpodas, no por eso manos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi paнs. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros lнmites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografнa de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta. Por allн, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sн mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi paнs con Argentina. Grandes bosques cubren como un tъnel las regiones inaccesibles, y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptбbamos tan sуlo los signos mбs dйbiles de la orientaciуn.

KUMARANASAN KAVITHAKAL MALAYALAM PDF

Ardiente paciencia: resumen, análisis, personajes, y más

From "Poetry", Memorial de Isla Negra Alastair Reid. By mid, when he adopted the pseudonym Pablo Neruda, he was a published author of poems, prose, and journalism. He is thought to have derived his pen name from the Czech poet Jan Neruda. In , at the age of 16, Neruda moved to Santiago [13] to study French at the Universidad de Chile , with the intention of becoming a teacher.

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