EROSTRATO SARTRE PDF

Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana; ni siquiera sospechaban que se les pudiera observar desde arriba. Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la ofcina, por ejemplo. Yo me ahogaba.

Author:Kajiramar Nikoran
Country:Mayotte
Language:English (Spanish)
Genre:Career
Published (Last):26 April 2007
Pages:47
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ISBN:521-7-33645-533-3
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A los hombres hay que mirarlos desde arriba. Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la oficina, por ejemplo.

Yo me ahogaba. Una vez vi a un tipo muerto en la calle. Le volvieron, sangraba. Vi sus ojos abiertos, su aire opaco y toda esa sangre. Me llevaron a una farmacia, me golpearon en la espalda y me hicieron beber alcohol. Los hubiera matado. Y, no obstante, ellos me pudieron. Uno se siente fuerte cuando lleva asiduamente una de esas cosas que pueden estallar y hacer ruido. Pero se calentaba poco a poco, al contacto de mi cuerpo.

Deslizaba la mano en el bolsillo y tocaba el objeto. Pero nunca orino en los urinarios. Yo no le pido nada a nadie, pero tampoco quiero dar nada. Pero se arreglaba en el fondo de la pieza. Es en estos casos cuando lamento no fumar. Se puso a andar de un lado a otro, con aire torpe. No tienen costumbre de apoyar los talones en el suelo. La mujerzuela encorvaba la espalda y dejaba colgar los brazos.

De pronto le dije: —Abre las piernas. Me fui. Estaba alegre como una criatura. Era en ese otro donde yo los esperaba. A las mujeres no las hubiera matado. Yo conservaba siempre mis guantes puestos. Les gustaba mucho Lindbergh. No me interesa. Si se mira desde cierto punto de vista es atroz; pero desde otro, otorga al instante que pasa una belleza y una fuerza considerables. Me despidieron a comienzos de octubre.

Tiene usted el humanitarismo en la sangre: es una suerte. Es una monstruosidad. Pero le digo que no puedo quererlos. Comprendo muy bien su manera de sentir. Como usted he visto a los hombres masticar con cuidado, conservando los ojos atentos y hojeando con la mano izquierda una revista barata. Pero todo esto ocurre como si usted estuviera en gracia y yo no. Soy libre de que me guste o no la langosta a la americana, pero si no me gustan los hombres, soy un miserable y no puedo encontrar mi sitio en el mundo.

Ellos han acaparado el sentido de la vida. Espero que comprenda lo que quiero decir. Yo se lo digo: hay que querer a los hombres, o de lo contrario apenas si le permiten a usted picotear. Pues bien, yo no quiero picotear. Usted sabe mejor que nadie lo que vale la prosa de los grandes diarios. Me dejaba invadir lentamente por mi crimen. En el espejo, donde a veces iba a mirarme, comprobaba con placer los cambios de mi rostro. Bellos ojos de artista y de asesino.

Vi las fotos de esas dos lindas muchachas sirvientas que mataron y robaron a sus patronas. Respiraban limpieza y apetecible honestidad. Llevaban el cuello desnudo de las futuras decapitadas. El 27 de octubre a las seis de la tarde me quedaban diecisiete francos cincuenta.

Tropezaban conmigo, me empujaban, me golpeaban con los codos o los hombros. Yo me dejaba sacudir; me faltaban las fuerzas para deslizarme entre ellos. Tuve miedo por el arma que llevaba en el bolsillo. Al cabo de un minuto llamaron de nuevo. Fui en puntillas a mirar por el agujero de la cerradura. Estaba desnuda y sola conmigo. Me daba miedo. Las echaba por paquetes de diez. Tuve que arrugar algunos sobres. Pasaron dos mujeres.

Se alejaron. Se perdieron entre la multitud del bulevar. Un perro vino a olfatearme los pies. Tan pronto lo miraba, tan pronto miraba la nuca del tipo.

Su cara era gorda y sus labios temblaban. Me acuerdo de la cara de una mujer muy pintada que llevaba un sombrero verde con una pluma. Los parroquianos se levantaron a mi paso, pero no intentaron detenerme.

Estaba ahogado y jadeaba. Reinaba un silencio extraordinario, como si la gente se callara expresamente. Cuchichearon un poco, luego se callaron. Charles Lindbergh.

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O Erostrato de Jean-Paul Sartre: algumas notas de filosofia e literatura

Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana; ni siquiera sospechaban que se les pudiera observar desde arriba. Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la oficina, por ejemplo. Yo me ahogaba. Una vez vi a un tipo muerto en la calle.

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