ESTUDIOS PENITENCIARIOS CONCEPCIN ARENAL PDF

Preliminar Motivos, lmites y plan de esta obra No slo en el orden fsico se hacen descubrimientos; no slo el navegante y el astrnomo hallan nuevos continentes en la tierra y en el cielo nuevos mundos; no slo el microscopio y el telescopio nos hacen entrever como los dos polos del infinito, y demostrando la realidad de cosas que ni como sueos existan en nuestra mente, convierten los prodigios en ciencia, que nos revela el Universo. Tambin la esfera moral se extiende; tambin la regin del espritu se dilata; vense all nuevos hemisferios, nuevos soles, y en el corazn del hombre se hallan dolores y consuelos hasta aqu desconocidos, y resortes, y aspiraciones, y verdades tan ignoradas de los siglos que pasaron, como el poder de la electricidad o la existencia de los planetas telescpicos. Uno de estos grandes descubrimientos del mundo moral es que el delincuente sea susceptible de enmienda; que la sociedad debe procurrsela, y que, siendo el deber absoluto, la justicia obliga, aun para con los que faltan a ella. No est muy lejos la poca en que, no ya condenar a un hombre, pero solamente acusarle de un delito, era casi declararle fuera de la ley humana. El tormento era un medio para investigar la verdad; la crcel era un horrible padecer; la pena de muerte se prodigaba, y los suplicios la acompaaban para hacerla ms dolorosa.

Author:Akinosar Grocage
Country:Australia
Language:English (Spanish)
Genre:History
Published (Last):14 January 2018
Pages:168
PDF File Size:10.11 Mb
ePub File Size:11.35 Mb
ISBN:845-2-99304-845-4
Downloads:45478
Price:Free* [*Free Regsitration Required]
Uploader:Bashicage



Preliminar Motivos, lmites y plan de esta obra No slo en el orden fsico se hacen descubrimientos; no slo el navegante y el astrnomo hallan nuevos continentes en la tierra y en el cielo nuevos mundos; no slo el microscopio y el telescopio nos hacen entrever como los dos polos del infinito, y demostrando la realidad de cosas que ni como sueos existan en nuestra mente, convierten los prodigios en ciencia, que nos revela el Universo. Tambin la esfera moral se extiende; tambin la regin del espritu se dilata; vense all nuevos hemisferios, nuevos soles, y en el corazn del hombre se hallan dolores y consuelos hasta aqu desconocidos, y resortes, y aspiraciones, y verdades tan ignoradas de los siglos que pasaron, como el poder de la electricidad o la existencia de los planetas telescpicos.

Uno de estos grandes descubrimientos del mundo moral es que el delincuente sea susceptible de enmienda; que la sociedad debe procurrsela, y que, siendo el deber absoluto, la justicia obliga, aun para con los que faltan a ella. No est muy lejos la poca en que, no ya condenar a un hombre, pero solamente acusarle de un delito, era casi declararle fuera de la ley humana. El tormento era un medio para investigar la verdad; la crcel era un horrible padecer; la pena de muerte se prodigaba, y los suplicios la acompaaban para hacerla ms dolorosa.

La ley, dura como el hombre brbaro que la haba formulado; suspicaz, como los dbiles; dbil, como era confusa la idea de justicia que la inspiraba; temiendo siempre verse burlada, quera el castigo del inocente antes que la impunidad del culpable; propenda a mirar la sospecha como prueba, el delito como pecado, y a dar al juicio de los hombres la infalibilidad de los juicios de Dios. El reo era, no slo objeto de temor por el mal que haba hecho y poda repetir, sino tambin pareca execrable como impo, y al perseguirle se mezclaba el fanatismo con la ira.

Con el cordel y la rueda se destrozaba su cuerpo, cubriendo su alma de congojas y su nombre de infamia. Considerado, ms bien que como un hombre a quien haba que juzgar y corregir, como un vencido, se le aplicaba la ley del ms fuerte, compendiada en aquel horrible grito del mundo antiguo: vae victis!

La justicia se llamaba venganza pblica; y como la venganza era ciega, iracunda, cruel, no esperaba del penado enmienda, ni l tena que esperar perdn; era un ser peligroso, hostil, y el mundo estaba lejos de practicar la ley santa que nos manda amar a nuestros enemigos. Hoy se supone al acusado inocente, mientras su culpabilidad no est probada.

Se busca la verdad, interrogando a quien puede saberla y debe decirla, y se emplean medios morales para investigarla, en vez de los fsicos que alejan de ella. No se desespera de la enmienda del culpable y se ponen los medios para conseguirla. La tendencia de nuestro siglo es a convertir la pena en medio de educacin, y ver en el delincuente un ser cado que puede levantarse, y a darle la mano para que se levante.

Lejos de ser un objeto de desprecio, lo es de meditacin para los pensadores, de lstima para los compasivos; centenares, miles de hombres, escriben libros, forman asociaciones, celebran congresos internacionales, piden a las naciones inmensos sacrificios pecuniarios, para rescatar a los que antes desesperadamente se abandonaba, para rescatarlos del ms terrible de los cautiverios, el cautiverio de la maldad. Lejos de haber venganza en la justicia, hay amor; como se ama, se perdona; como se perdona, se espera; y no es arrojado el delincuente cual miembro podrido para que le devore su perversin creciente y fatal, sino que se le considera como enfermo curable, y a costa de grandes sacrificios se le pone en cura.

Quin separar la justicia del amor? Quin podr decir las facilidades que halla para ser justo el que ama, y para amar el que es justo? Como quiera que sea, una gran suma de justicia y de amor se derrama como un blsamo por las entraas de la sociedad y llega hasta sus hijos ms extraviados y culpables. La correccin de los delincuentes es uno de los grandes problemas que ha planteado nuestro siglo, y si no le resuelve, prepara su resolucin.

Espaa no poda permanecer enteramente estacionaria ante este inmenso progreso; pero, con dolor lo decimos, est lejos de haber seguido el movimiento de los pueblos cultos en la aplicacin de las penas. Fcilmente se explica la diferencia que hay entre nuestras leyes penales y nuestros presidios. Para formar y promulgar un Cdigo, basta un nmero relativamente corto de hombres conocedores del Derecho en pases ms adelantados; para aplicarle bien, se necesita ya que la opinin participe de las ideas que se promulgan como preceptos y de la moralidad que ha de vivificarlos; para que se les d, como complemento indispensable, un buen sistema penitenciario, con los conocimientos que esto requiere y los sacrificios que impone, es indispensable que la justicia haya penetrado y extenddose mucho en la sociedad, siendo muy generalmente amada y comprendida.

Sin que participemos de la admiracin que a otros inspira nuestro Cdigo penal, sin concederle nuestra aprobacin incondicionada, cun superior es a nuestras prcticas penitenciarias, que, a menos de renunciar a toda exactitud en el lenguaje, no pueden llamarse sistema! Nadie las defiende, pero ninguno pone en ellas tampoco mano firme, ni plantea las reformas que no pueden hacerse sino lentamente, ni hace aquellas que slo exigen entendimiento y voluntad.

Hemos llegado a una situacin de mucho cargo para la conciencia; conocemos el mal, le confesamos, y ni propsito firme hacemos de remediarlo.

Pasan las Constituciones y las formas de gobierno, y quedan nuestras crceles y presidios como un gran pecado que no inspira remordimiento; los cambios ms radicales no alteran el horrible statu quo, cuyos indicios ostensibles y pblicos son las fugas, los escalos, las colisiones y muertes de los presos en las crceles y de los penados en presidio, y las reincidencias. Pero de algn tiempo a esta parte, parece que no se mira esta cuestin con tan completo desvo.

Gobiernos que duraron poco, hicieron alguna tentativa para la reforma radical de las prisiones. El actual construye una crcel que, si no llega a ser un modelo, siempre ser un progreso. En las Cmaras se habla de la urgencia de reformar las prisiones. Un particular se propone establecer una penitenciara para jvenes delincuentes, y halla bastantes facilidades, en trminos de que no tarda mucho en empezar a poner por obra su pensamiento.

No puede decirse que la opinin ha levantado su voz poderosa, pero s que parece dar seales de que est aletargada y no muerta. Cualquiera que sea el valor de estos indicios, que con tanta avidez recoge el buen deseo al observar las manifestaciones hechas en pro de la reforma de nuestras crceles y presidios, no puede desconocerse lo vago de las ideas, la falta de seguridad en los principios, el estudio poco detenido de las teoras, la insuficiencia de los conocimientos prcticos, lo parcial de los puntos de vista, y, en fin, la necesidad de una obra que abarque el asunto en toda su extensin, discuta los puntos esenciales, ponga fuera de duda lo que no la tiene ya, combata las afirmaciones temerarias, y contribuya, en fin, a que se forme opinin en un asunto en que no hay ms que pareceres.

Suponamos que habindose escrito tanto en el extranjero respecto a prisiones, se publicara tambin en Espaa alguna obra fundamental y completa sobre sistemas penitenciarios. Hemos esperado uno y otro y muchos aos, y como este libro no parece; como le tenemos no slo por til, sino por necesario; puesto que nadie le escribe, hemos resuelto escribirle, no tal como comprendemos que debiera ser, sino como est en nuestras facultades que sea.

Dejbamos semejante tarea para quien mejor que nosotros pudiera desempearla; para el que, viajando por diversos pases, hubiera visto la aplicacin de los diferentes sistemas penitenciarios; para el que supiera muchas lenguas y pudiera leer los muchos libros que sobre la materia se han escrito; para el que hubiese hecho profundos estudios de moral, de derecho, de psicologa, de tantas cosas como hay que saber a fondo para tratar a conciencia asunto tan arduo.

Sin duda, no faltar entre nosotros quien se halle en estas circunstancias; pero o no las aprovecha, o no revela el buen propsito de aprovecharlas; y como el vaco contina, haremos lo poco que nos es dado hacer para empezar a llenarle.

El ttulo de Estudios Penitenciarios que damos a nuestro libro, indica que no nos creemos en estado de dar lecciones. No hemos visto fuera de Espaa ninguna penitenciara, y nuestra erudicin en todos los ramos es escasa; estamos, pues, reducidos a unos pocos libros, ledos en el aislamiento ms completo; alguna reflexin, alguna personal experiencia y mucha buena voluntad, son nuestros nicos auxiliares. No tenemos derecho a grandes aspiraciones, ni el lector le tiene a grandes exigencias, desde el momento en que declaramos emprender esta obra, no persuadidos de ejecutarla bien, sino por creer que es urgente y en vista de que nadie la lleva a cabo.

Algo parecido acontece al tomar la pluma para escribir sobre penitenciaras; el estado de las nuestras viene a perturbar el espritu, y aunque su recuerdo se aparte como un fantasma siniestro, la cuestin se relaciona con tantas otras, que si se ventilaran todas, habra de escribirse una enciclopedia de la ciencia social y no un libro sobre sistemas penitenciarios.

Hay, pues, que concretarse a la aplicacin de la pena, y aun circunscribindonos a ella, veremos surgir muchas cuestiones graves, tan ntimamente enlazadas con la que tratamos, que no ser posible prescindir de ellas. No prescindiremos; y si no es dado discutirlas todas a fondo, de todas nos haremos cargo, y en la medida de nuestras fuerzas no mutilaremos el asunto, prescindiendo de sus necesarias relaciones, ni le privaremos de la luz que derramen las verdades que con l se relacionan ms ntimamente.

Consideramos al delincuente en el momento en que empieza a sufrir su pena; le vemos entrar en la penitenciara, y meditando sobre su culpa, sintiendo su desgracia, desendole enmienda y consuelo, la sucesin de nuestros sentimientos e ideas nos dar el plan de esta obra, y el orden en que se presentan nuestras dudas el de las materias que debemos discutir. Qu es el penado?

Qu es la pena? Qu medios se emplearn para conseguir el fin de la pena? He aqu nuestro trabajo naturalmente dividido en tres partes, y tratndose de pena, no debera tener ms. Pero a la pena precede el juicio; a la prisin penitenciaria la preventiva; no es posible prescindir de sta por su grande importancia, y debe preceder en el orden de las ideas, como est antes en la realidad de los hechos.

As, pues, a las partes enumeradas hay que aadir otra que comprenda la prisin preventiva, y ser la primera de que tratemos. Tal es, en resumen, el plan de esta obra, que incompleta e imperfecta, como habr de ser, an creemos que podra prestar alguna utilidad si se leyera, porque en el estado que entre nosotros tienen las cuestiones penitenciarias, hace un servicio, no ya quien las resuelve, sino el que solamente las suscita.

Dista ms la indiferencia de la investigacin, que sta del conocimiento de la verdad. Primera parte Captulo I Abuso de la prisin preventiva. Qu desconocimiento del derecho o qu impotencia para realizarle no indica una pena tan grave como lo es la privacin de libertad, generalizada e impuesta antes que recaiga fallo? Hemos dicho que la regla de hoy llegar a ser una excepcin, porque nunca desesperamos del progreso, aun cuando, como en este caso, aparezca con una lentitud desesperante para quien en l tenga poca fe.

No vemos combatir el abuso de la prisin preventiva tanto ni tan calurosamente como otros menos graves: llevar a un hombre a la crcel por mera sospecha de leve delito o de simple falta, parece por lo comn cosa tan justa como imponer pena al delincuente. Esta injusticia es, adems, un anacronismo que debiera hacerla en mayor grado intolerable, porque no tiene la disculpa de las opiniones reinantes que extravan, ni de las supuestas necesidades que apremian.

Cuando las teoras penales vean apenas el derecho del penado para no tener presente ms que el de la sociedad, era lgico que sta, preocupada del suyo, pensara slo en asegurarlo y redujera a prisin a todo sospechoso de haber infringido la ley.

Cuando la penalidad era dura y se imponan a leves delitos graves penas, el acusado tena gran inters en eludirlas, y la sociedad en recluirle para que no las eludiera. Cuando los medios de defensa eran inconducentes a la investigacin de la verdad, y el inocente acusado deba temer siempre la condena, la sociedad deba temer tambin la fuga y asegurar su justicia.

Cuando la accin de la ley era dbil, y probable que el acusado en libertad no pudiera ser habido en su da y se sustrajese a la sentencia condenatoria, para que no quedara sin cumplimentar, preciso era lersela en la crcel. Hoy, el derecho del individuo se reconoce, y la sociedad sabe los lmites del suyo; la penalidad se ha suavizado, y es fcil comprender que no es clculo la rebelda para evitar una pena leve; la inocencia tiene garantas y no debe desesperar de que triunfe el que es acusado equivocadamente; y por fin, la ley tiene fuerza y no es posible sustraerse a ella sino por excepcin rara.

As, pues, las cuatro poderosas razones que hubo en otros tiempos para aplicar la prisin preventiva a la casi totalidad de los acusados, no existen en la actualidad. El nmero de los que se sustrajesen o pretendieran sustraerse a la accin de la ley, crecera con el de los acusados en libertad y en la misma proporcin? No vacilamos en responder negativamente. Qu delincuentes son los que hoy, por su rebelda, intentan sustraerse a la accin de la ley? Quines son los que se escapan de las crceles y de los presidios, hasta de la capilla, en vsperas de subir al cadalso, o no pueden ser habidos?

Por regla general son aquellos sobre los cuales pesa la acusacin de un delito grave; los que tienen mucho dinero, poderosos valedores que los ocultan o favorecen su fuga; los veteranos del crimen, que han aprendido cmo se lima la reja, se perfora el muro, se escala la crcel, y saben tambin cmo se asesina o se compra al carcelero. La categora de los grandes criminales no pretendemos excluirla de la prisin preventiva; la de los criminales poderosos se excluye por s sola, y la cuestin se reduce a saber si convendra eximir a todos los acusados de delito cuya pena fuera de las llamadas hoy correccionales.

Para nosotros no tiene duda esta conveniencia, haciendo algunas modificaciones en el Cdigo, dejando a los jueces suficiente latitud para no conceder la libertad al acusado que infundiera vehementes sospechas de abusar de ella por sus especiales circunstancias, o imponiendo una agravacin de pena a la rebelda. Es probable, es posible siquiera, que el acusado de un delito leve se expusiese a agravar en gran manera su situacin y se privara de las ventajas de la defensa, muy imperfecta en la rebelda, para andar huido y oculto, con pocos recursos, sin poderosos valedores y con grandes probabilidades de empeorar su causa y ser reducido a prisin?

No lo tememos. En todo caso poda hacerse la prueba tan prudente, tan tmida como pareciese necesario, porque esta reforma tiene la ventaja de poderse graduar como se quiera.

Si el ensayo sala bien, como pensamos, poda drsele mayor latitud, hasta llegar adonde el acusado abusara de la confianza que en l se tena, y retirrsela. Imponer a un hombre una grave pena, como es la privacin de la libertad; una mancha en su honra, como es la de haber estado en la crcel, y esto sin haberle probado que es culpable y con la probabilidad de que sea inocente, es cosa que dista mucho de la justicia.

Si a esto se aade que deja a la familia en el abandono, acaso en la miseria; que la crcel es un lugar sin condiciones higinicas, donde carece de lo preciso para su vestido y sustento; donde, si no es muy fuerte, pierde la salud; donde, si enferma, no tiene conveniente asistencia y puede llegar a carecer de cama; donde, confundido con el vicioso y el criminal, espera una justicia que no llega, o llega tarde para salvar su cuerpo, y tal vez su alma; entonces la prisin preventiva es un verdadero atentado contra el derecho y una imposicin de la fuerza.

Slo una necesidad imprescindible y probada puede legitimar su uso, y hay abuso siempre que se aplica sin ser necesaria, y que no se ponen los medios para saber hasta dnde lo es. Si a un acusado no se le condena a presidio sin probarle que es culpable, por qu se condena a un sospechoso a crcel sin prueba de que es rebelde? Esta prueba puede costar muy cara a la sociedad, se dice, porque la rebelda de los grandes criminales burlara la ley y multiplicara los crmenes. Hemos dicho, y repetimos, que se conserve la prisin preventiva para los acusados de delitos graves, pero que se suprima para los leves, y que esta supresin se grade tanteando hasta dnde puede llegar sin dao.

Qu razones se alegarn para no hacer la prueba? Si se escribiese la historia de las vctimas de la prisin preventiva, se leera en ella una de las ms terribles acusaciones contra la sociedad.

Cuando ella abre al inocente las puertas de la crcel dicindole: Me he equivocado, quin le indemniza de las angustias y los dolores sufridos; quin le devuelve su honor empaado, su salud, tal vez la vida, si sucumbe de la enfermedad contrada en el encierro, y ms an del dolor, viendo que la miseria y el abandono han perdido para siempre a un ser que ms que la vida amaba? Y stas no son declamaciones del sensibilismo; son hechos, dramas horribles que pasan sin que nadie los escriba, desgracias que abruman sin que nadie las compadezca, prdidas irreparables de la existencia y del honor, por sospecha de hurto de un saco de noche, y por la proverbial lentitud en las actuaciones.

Porque a la injusticia de reducir a prisin preventiva por motivo leve, se aade la de tener en ella largo tiempo al acusado por criminal abandono de jueces, escribanos y de todos los que intervienen en la administracin de justicia, y que tan impunemente faltan a ella. Puede decir que la hace quien la demora tanto?

En materia correccional las causas podran casi todas terminarse en un mes, y las de ms gravedad en dos o en tres. Habra alguna excepcin, pero sta debera ser la regla. No faltarn curiales que se sonran desdeosamente diciendo que no puede ser; pero otros hay que conocen lo defectuoso de las tramitaciones, la incuria y el abandono con que se dejan dormir los autos, y saben que no proponemos nada que por regla general no pueda hacerse.

Donde quiera es una injusticia reducir a prisin sin imprescindible necesidad a un hombre que puede estar inocente; pero en un pas que tiene crceles como las de Espaa y sus lentitudes en la administracin de justicia, es un verdadero atentado. Cunto menor dao habra en que alguno, por excepcin, ocultndose por no sufrir la condena, burlase la ley, que en que tantos sean vctimas de ella?

Se ha pensado en los miles de hombres a quienes peridica y cmo sistemticamente corrompe la ley en las crceles, y luego los pone en libertad diciendo que no resulta nada contra ellos? Mal tan grave, si inmediatamente no tiene remedio, podra desde luego tener grande atenuacin no privando de la libertad sino en caso necesario, y devolvindola tan pronto como fuera posible.

Por qu las actuaciones no haban de tener plazos, y responsabilidad quien fuera de ellos las prolongara? Por qu, si no hay personal suficiente para la pronta administracin de justicia, no haba de aumentarse? No sera til aun bajo el punto de vista pecuniario? No es ms barato sostener algunos jueces ms en el tribunal, que tantos acusados en la crcel?

Siempre Dios formando la armona de lo justo y lo til, y con tanta frecuencia los hombres desconocindola!

BORDEREAU RECAPITULATIF URSSAF PDF

EL ESQUIADOR CENTRADO PDF

La guerra y el Derecho de gentes. Cartas a un obrero. Deberes de la riqueza. Bere obretan eta praktika sozialean, gizarte-eremu guztietan emakumeek izan behar duten berdintasunaren alde egin zuen, eta baita emakumeen bazterketaren aurka ere. La dedicatoria de este escrito hecha por una persona que V.

AMPLIFICADOR LA4440 PDF

ConcepciĆ³n Arenal: activista en el XIX

.

COBUS 3000 SPECIFICATIONS PDF

ConcepciĆ³n Arenal

.

JAFREE OZWALD PDF

Arenal Concepcion - Estudios Penitenciarios

.

Related Articles